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ALGO SOBRE LITERATURA FANTÁSTICA


Este tipo de literatura tiene una larga trayectoria a nivel mundial. Suele llamarse literatura fantástica a aquel tipo de narración que se sale de los parámetros de la realidad posible.

Cuando un lector se enfrenta a una narración, acuerda implícitamente con el autor, creer en todo lo que este le plantea. El autor puede tratar de contar un suceso que no asombre al lector, y que éste pueda explicarse dentro de los parámetros posibles en su realidad. Pero también puede, gracias a esa convención, plantearle cosas increíbles, y no explicárselas, dejando al lector sorprendido, y teniendo plena conciencia, que eso que el autor cuenta, solo es posible dentro de la narración, lo que provoca entre lo que cuenta y la realidad del lector, un extrañamiento, es decir, este siente lo contado como extraño a su realidad posible.

Verosimilitud y realidad son principios bien distintos que no necesariamente coinciden. Puede haber algo verosímil, pero irreal, y puede haber algo inverosímil pero real. Por ejemplo, es increíble la existencia de un parásito en un almohadón de pluma, sin embargo, dentro de la narración, esta idea está perfectamente justificada y no es real. Y puede ser poco creíble o increíble un gol de arquero a arquero, sin embargo, puede ser real. La verosimilitud es el principio de lo creíble, y esta siempre debe darse en una narración, por más fantástica que esta sea.

Cuando un hecho o suceso se escapa de la comprensión racional y posible, pero está avalada por las circunstancias narrativas, es decir, es creíble dentro de la narración, y provoca al lector asombro y extrañamiento con sus circunstancias reales, y cuando ese hecho que ocurre tiene toques sobrenaturales, inexplicables racionalmente para el lector, es que nos encontramos frente a la literatura fantástica.

Lo fantástico en una narración es aquello inexplicable racionalmente. Provoca en el lector inquietud o duda, ya que existe un entorno cotidiano o familiar que es irrumpido por una circunstancia inexplicable que resulta amenazante e imposible. La expresión de lo fantástico es la forma hostil y negativa de materializar lo que está excluido o reprimido en el hombre, y promueve, dentro del mundo de ficción, la necesidad de resistir o escapar porque atemoriza.

ESPANTOS DE AGOSTO

 Llegamos a Arezzo un poco antes del medio día, y perdimos más de dos horas buscando el castillo renacentista que el escritor venezolano Miguel Otero Silva había comprado en aquel recodo idílico de la campiña toscana. Era un domingo de principios de agosto, ardiente y bullicioso, y no era fácil encontrar a alguien que supiera algo en las calles abarrotadas de turistas. Al cabo de muchas tentativas inútiles volvimos al automóvil, abandonamos la ciudad por un sendero de cipreses sin indicaciones viales, y una vieja pastora de gansos nos indicó con precisión dónde estaba el castillo. Antes de despedirse nos preguntó si pensábamos dormir allí, y le contestamos, como lo teníamos previsto, que solo íbamos a almorzar.

-Menos mal -dijo ella- porque en esa casa espantan.

Mi esposa y yo, que no creemos en aparecidos del medio día, nos burlamos de su credulidad. Pero nuestros dos hijos, de nueve y siete años, se pusieron dichosos con la idea de conocer un fantasma de cuerpo presente.

Miguel Otero Silva, que además de buen escritor era un anfitrión espléndido y un comedor refinado, nos esperaba con un almuerzo de nunca olvidar. Como se nos había hecho tarde no tuvimos tiempo de conocer el interior del castillo antes de sentarnos a la mesa, pero su aspecto desde fuera no tenía nada de pavoroso, y cualquier inquietud se disipaba con la visión completa de la ciudad desde la terraza florida donde estábamos almorzando. Era difícil creer que en aquella colina de casas encaramadas, donde apenas cabían noventa mil personas, hubieran nacido tantos hombres de genio perdurable. Sin embargo, Miguel Otero Silva nos dijo con su humor caribe que ninguno de tantos era el más insigne de Arezzo.

-El más grande -sentenció- fue Ludovico.

Así, sin apellidos: Ludovico, el gran señor de las artes y de la guerra, que había construido aquel castillo de su desgracia, y de quien Miguel nos habló durante todo el almuerzo. Nos habló de su poder inmenso, de su amor contrariado y de su muerte espantosa. Nos contó cómo fue que en un instante de locura del corazón había apuñalado a su dama en el lecho donde acababan de amarse, y luego azuzó contra sí mismo a sus feroces perros de guerra que lo despedazaron a dentelladas. Nos aseguró, muy en serio, que a partir de la media noche el espectro de Ludovico deambulaba por la casa en tinieblas tratando de conseguir el sosiego en su purgatorio de amor.

El castillo, en realidad, era inmenso y sombrío. Pero a pleno día, con el estómago lleno y el corazón contento, el relato de Miguel no podía parecer sino una broma como tantas otras suyas para entretener a sus invitados. Los ochenta y dos cuartos que recorrimos sin asombro después de la siesta, habían padecido toda clase de mudanzas de sus dueños sucesivos. Miguel había restaurado por completo la planta baja y se había hecho construir un dormitorio moderno con suelos de mármol e instalaciones para sauna y cultura física, y la terraza de flores intensas donde habíamos almorzado. La segunda planta, que había sido la más usada en el curso de los siglos, era una sucesión de cuartos sin ningún carácter, con muebles de diferentes épocas abandonados a su suerte. Pero en la última se conservaba una habitación intacta por donde el tiempo se había olvidado de pasar. Era el dormitorio de Ludovico.

Fue un instante mágico. Allí estaba la cama de cortinas bordadas con hilos de oro, y el sobrecama de prodigios de pasamanería todavía acartonado por la sangre seca de la amante sacrificada. Estaba la chimenea con las cenizas heladas y el último leño convertido en piedra, el armario con sus armas bien cebadas, y el retrato al óleo del caballero pensativo en un marco de oro, pintado por alguno de los maestros florentinos que no tuvieron la fortuna de sobrevivir a su tiempo. Sin embargo, lo que más me impresionó fue el olor de fresas recientes que permanecía estancado sin explicación posible en el ámbito del dormitorio.

Los días del verano son largos y parsimoniosos en la Toscana, y el horizonte se mantiene en su sitio hasta las nueve de la noche. Cuando terminamos de conocer el castillo eran más de las cinco, pero Miguel insistió en llevarnos a ver los frescos de Piero della Francesca en la Iglesia de San Francisco, luego nos tomamos un café bien conversado bajo las pérgolas de la plaza, y cuando regresamos para recoger las maletas encontramos la cena servida. De modo que nos quedamos a cenar.

Mientras lo hacíamos, bajo un cielo malva con una sola estrella, los niños prendieron unas antorchas en la cocina, y se fueron a explorar las tinieblas en los pisos altos. Desde la mesa oíamos sus galopes de caballos cerreros por las escaleras, los lamentos de las puertas, los gritos felices llamando a Ludovico en los cuartos tenebrosos. Fue a ellos a quienes se les ocurrió la mala idea de quedarnos a dormir. Miguel Otero Silva los apoyó encantado, y nosotros no tuvimos el valor civil de decirles que no.

Al contrario de lo que yo temía, dormimos muy bien, mi esposa y yo en un dormitorio de la planta baja y mis hijos en el cuarto contiguo. Ambos habían sido modernizados y no tenían nada de tenebrosos. Mientras trataba de conseguir el sueño conté los doce toques insomnes del reloj de péndulo de la sala, y me acordé de la advertencia pavorosa de la pastora de gansos. Pero estábamos tan cansados que nos dormimos muy pronto, en un sueño denso y continuo, y desperté después de las siete con un sol espléndido entre las enredaderas de la ventana. A mi lado, mi esposa navegaba en el mar apacible de los inocentes. “Qué tontería -me dije-, que alguien siga creyendo en fantasmas por estos tiempos”. Solo entonces me estremeció el olor de fresas recién cortadas, y vi la chimenea con las cenizas frías y el último leño convertido en piedra, y el retrato del caballero triste que nos miraba desde tres siglos antes en el marco de oro. Pues no estábamos en la alcoba de la planta baja donde nos habíamos acostado la noche anterior, sino en el dormitorio de Ludovico, bajo la cornisa y las cortinas polvorientas y las sábanas empapadas de sangre todavía caliente de su cama maldita.

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

LA NUEVA NARRATIVA HISPANOAMERICANA


Hablamos de Nueva Narrativa para referirnos a obras que presentan un cambio radical, tanto en lo temático como en lo formal, con respecto a la novela que se dio en Hispanoamérica aproximadamente hasta los años cuarenta.
Hasta ese momento el autor mantenía una estricta actitud regionalista en la observación del mundo americano. Es por eso que hablamos de novela regionalista o novela de tierra. Entre sus representantes tenemos al venezolano Rómulo Gallegos, autor de “Doña Bárbara” (1929) y al colombiano José Eustasio Rivera, autor de “La Vorágine” (1924). En este tipo de novela, que mantiene los moldes de la narrativa tradicional, el narrador muestra una gran capacidad para captar la realidad social, presenta a los personajes unidos a la tierra que habitan, y hay una sobrevaloración del paisaje.
La línea divisoria entre la novela regionalista y la Nueva Narrativa se ubica en la década del cuarenta, porque en ella se da un salto cualitativo en la novela hispanoamericana. “Tierra de Nadie” aparece en 1941 y “Para esta noche”, en 1943, ambas del uruguayo Juan Carlos Onetti; Jorge Luis Borges publica “Ficciones” en 1944. En 1948 se publica “El túnel” de Ernesto Sábato. En ese año también aparece “Adán Buenosayres” de Leopoldo Marechal. “El reino de este mundo” de Alejo Carpentier, en 1949. La década se cierra con “La Vida Breve”, de Onetti, publicada en 1950.

CAUSAS – Las causas por las cuales se produce este cambio que nos permite hablar de una Nueva Narrativa Hispanoamericana son múltiples y de diferente índole.
Debemos tener en cuenta que el paso de la narrativa de moldes tradicionales a la nueva no se da en forma abrupta. Ya existían obras antes del cuarenta (como las del argentino Roberto Arlt y las del guatemalteco Miguel Ángel Asturias) que apuntaban a una renovación.
Una causa importante fue la influencia de los grandes innovadores de la narrativa europea y norteamericana, como Joyce, Kafka, Faulkner.
Por otra parte, la caída de la República Española (1939) hizo que muchos intelectuales emigraran a Hispanoamérica, principalmente a México y al Río de la Plata, provocando un efecto dinamizador en los ámbitos intelectuales.
Otro factor a tener en cuenta es que el aumento de la enseñanza secundaria y la emigración del campo a la ciudad, que se dio en algunos países, determinó el aumento del número de lectores, lo que hizo crecer el mercado. Aparecen nuevas revistas y nuevas editoriales.
La causa más importante fue quizás el impacto que produjo el Surrealismo. Los elementos caracterizadores de este movimiento (lo irracional, lo onírico, el azar, el desdoblamiento del yo) aparecen con frecuencia, en forma aislada a veces, combinada otras, en las obras que constituyen la Nueva Narrativa. 

EL “BOOM” LITERARIO – En la década del sesenta la Nueva Narrativa Hispanoamericana llega a su momento de mayor expansión; las obras de los nuevos autores se traducen a distintos idiomas y se difunden en todo el mundo occidental. Este fenómeno es conocido como el “boom” de la literatura latinoamericana. El término, onomatopeya de una explosión, se origina en la terminología del marketing norteamericano donde designa el alza brusca de las ventas de determinado producto en las sociedades de consumo.
Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, son algunos de los nombres que pasan a ser conocidos universalmente. Se da el hecho de que en un tiempo relativamente breve aparecen un gran número de obras de calidad.
Los escritores que integran este movimiento asumen un compromiso con las diferentes regiones del continente y se lanzan a la búsqueda de su identidad, con esquemas interpretativos alejados de generaciones anteriores.
Los actuales narradores sienten la necesidad imperiosa de elaborar novelas autóctonas que reflejen la realidad de América, buscando lo universal en el específico contexto americano.
El “boom” no constituye una escuela o un movimiento; los autores son diferentes entre sí.  Podemos, sin embargo, señalar tendencias:
1)      Los hechos ya no son narrados linealmente como en la narrativa tradicional. El particular manejo del tiempo es un elemento distintivo en muchos de los nuevos novelistas. Los saltos temporales, el tiempo dado desde la dimensión interior de los personajes, la reversibilidad temporal, marcan una ruptura de la linealidad cronológica.
2)      La novela presenta una estructura mucho más compleja que en la narrativa tradicional, donde el mundo aparecía ordenado y lógico. Este cambio en la estructura refleja un cambio en la manera de captar y mostrar la realidad, que para el nuevo narrador es caótica y múltiple.
3)      Se destacan los aspectos irracionales y misteriosos de la existencia humana.
4)      Más que mostrar la realidad social que rodea a los personajes, preocupa expresar sus conflictos existenciales, sus grandes dudas.
5)      Se dejan de lado los escenarios realistas que se veían en la novela regionalista, y se reemplazan por espacios imaginarios y míticos.
6)      Hay un cambio en la posición del narrador. Se reemplaza el narrador omnisciente en tercera persona, por el narrador en primera persona. A veces aparecen narradores múltiples.
7)      Los recursos humorísticos aparecen con frecuencia. Por ejemplo: “Pantaleón y las visitadoras” de Mario Vargas Llosa y “Los funerales de la Mamá Grande” de Gabriel García Márquez.  
8)      Se incorporan temas considerados tabúes, como el incesto (“Cien años de soledad” de García Márquez), la masturbación (“La ciudad y los perros” de Vargas Llosa), la homosexualidad (“Conversación en la catedral” de Vargas Llosa), etc.
9)      Hay una mayor utilización de elementos simbólicos.